Hola. No puedo menos de compartir con quien lo desee una experiencia que me ha impactado esta tarde en una de las visitas concertadas para elegir un ramo de novia. En el despacho, una novia, encantadora por cierto, y una futura suegra invitada a elegir el ramo de novia y la decoración de Iglesia más por educación que por deseo. A lo largo de la conversación van surgiendo las primeras discrepancias que las vamos solventando poco a poco con cierta maestria. Sin embargo, cuando llega el momento tan nimio como irrelevante de elegir unos prendidos para novio y padrino, inesperadamente comienza la tormenta. Yo, en medio de ella, intento conciliar y convocar para algun otro momento cuando los nervios puedan estar más templados. Lejos de apaciguar la batalla, creo que consigo avivarla aún más. Cuando me estoy levantando de la silla dando por finalizado nuestro accidentado encuentro, la madre de su futuro esposo lanza una pregunta que me deja en mi sitio:...y tú ¿qué estas buscando casandote con mi hijo? Me temo que la novia va a llorar, a gritar, a insultar...pero lejos de eso se la queda mirando, y con una voz dulce e incluso temblorosa le dice:...busco alguien que me quiera, alguien a quien no tenga que darle explicaciones por cada paso que de en la vida, alguien con quien envejecer y que además no me lo eche en cara ni se mofe de mis arrugas ni de mis debilidades (...) eso es lo que busco y nadie, oyeme, nadie, me va a impedir cogerlo, porque ya lo he encontrado y tú nunca lo podras entender porque nunca lo has vivido ni lo viviras, creeme...
Tras un silencio que me ha parecido eterno, las dos damas han salido de mi depacho. Me he despedido con un saludo en el primer caso, y con un beso afectuoso, en el segundo. No sé si volveremos a vernos, si tendré la suerte y el honor de hacerle su ramo de novia, pero quiero que sepa, si lo llega a leer, que me ha dado una de las lecciones más importantes de mi vida. Gracias.

